Cataluña no quiere ser Tokelau

Cataluña no quiere ser Tokelau
El Correo (10/04/06)

El pasado día 30 de marzo, este diario publicaba un artículo de Aitor Esteban. Vaya por delante que a este diputado del PNV le agradezco su magnífico apoyo en la tramitación de la reforma del Estatuto catalán (un agradecimiento que extiendo al viejo partido de mis abuelos paternos). En este ponderado artículo, Aitor Esteban afirmaba enfáticamente que sólo a los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña corresponde decir si el proyecto aprobado por el Congreso de los Diputados constituye una reforma suficiente en el permanente proceso de mejora del autogobierno. Coincido con él. El socialismo catalán intentará, junto a muchos otros, convencer a una mayoría de catalanes y catalanas de que así es, de que estamos frente a una mejora sustancial de nuestro nivel de autogobierno y de nuestra financiación.

Aitor Esteban, al final de su artículo, recogía una polémica que mantuvimos entre varios de los ponentes de la reforma del Estatuto de Cataluña sobre la presencia de nuestra lengua y nuestra cultura en la UNESCO. Decía Aitor que mostré entonces mi disconformidad con la pretensión de adquirir el estatus de Tokelau, mientras él considera que Tokelau, en el plano internacional, le saca a Cataluña “cinco traineras”. Titulaba su artículo con la afirmación “Cataluña no es Tokelau”.

En mi opinión, el tema no es sólo que Cataluña no sea Tokelau, cosa obvia, sino que tampoco quiere serlo. Para quienes no conozcan la cuestión, debo decir que la UNESCO tiene dos tipos de integrantes: los Estados miembros y los miembros asociados. Son miembros asociados los territorios o grupos de territorios que no asuman por sí mismos la responsabilidad de la dirección de sus relaciones exteriores, y que sean admitidos como tales por la Conferencia General de la UNESCO por mayoría de dos tercios. A fecha de hoy gozan de dicho estatus: Antillas neerlandesas, Aruba, Islas Caimán, Islas Vírgenes británicas, Macao y Tokelau.

Lo reitero, desde el respeto a esos territorios, Cataluña no está en esa situación. No es ni una isla ni una colonia o excolonia. No es Tokelau, no quiere ser Tokelau. No sólo por no encontrarnos en la disyuntiva de ser cola de león o cabeza de ratón. Es que nuestra realidad es otra. Tokelau es un minúsculo archipiélago de 12 km2 formado por tres atolones, a los que se llega en barco desde Samoa Occidental (37 horas de trayecto). En Tokelau habitan 1.500 personas que viven de la pesca (hay 6.000 nativos de Tokelau viviendo en Nueva Zelanda). Y aunque no quisiera ser agorero, un informe de las Naciones Unidas asegura que si se mantiene el efecto invernadero y los polos se siguen fundiéndose, en pocas décadas Tokelau quedará completamente sumergido bajo las aguas.

A todo esto, Tokelau es, por cierto, un país que acaba de votar en contra de su autodeterminación (con respecto de Nueva Zelanda) por 59% contra 41%. Como curiosidad hay que decir que el principal ingreso de Tokelau lo proporciona su dominio de Internet (.tk), con un millón y medio de clientes, que son quienes financian los proyectos sociales y educativos de Tokelau.

Podría seguir ilustrando mi argumento refiriéndolo a las Antillas neerlandesas, Aruba, Islas Caimán, Islas Vírgenes británicas y Macao. Cataluña no es ninguno de estos territorios, ni quiere ni puede serlo, no está en una situación que ni siquiera de forma remota puede asemejarse a ellos. Pero volvamos a la UNESCO. En la negociación del Estatut se planteaba una clara disyuntiva a este respecto: o intentar un ingreso directo como miembro asociado o asegurar la presencia en la delegación española en tanto que representantes de una de las lenguas y culturas de España. Quienes no nos planteamos la secesión (es decir, el establecimiento de un Estado propio, libre o asociado), lo tenemos claro: debemos trabajar por alcanzar una presencia singular a través de la representación española.

Lógicamente, quienes no renuncian a un Estado propio prefieren la otra opción. No me gustaría que por apuntar a “lo más” (que a muchos ni siquiera nos parece deseable), dejásemos de obtener lo que es de justicia y dejásemos de empujar a favor de la transformación de un Estado que aún no se reconoce como plurinacional, pero sí como pluricultural y plurilingüístico, lo que requeriría una presencia española “plural” en la UNESCO, que es lo que fervientemente deseo.

Miquel Iceta Llorens

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