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Por un catalanismo no pujolista

Por un catalanismo no pujolista
El País (05/11/96)

Xavier Bru de Sala, en un artículo publicado en este periódico el pasado domingo día 3 de noviembre, viene a sugerir que, frente a Jordi Pujol, el catalán exigente, Narcís Serra estaría desempeñando el papel de catalán sumiso, para agradar fuera de Cataluña.

Somos muchos en Cataluña los que estamos hartos de que se mida nuestra catalanidad o nuestro catalanismo en función del acuerdo o desacuerdo que mantengamos con Jordi Pujol. De hecho, este hartazgo ha ido en aumento en la medida en que cada vez somos menos los que estamos del todo de acuerdo con Pujol. Recientemente, incluso Unió Democràtica comparte el honor de ser sospechosa, al afirmar que es arriesgado definir el nacionalismo exclusivamente en clave identitaria o que hay que recuperar cierta unidad de acción entre las fuerzas catalanas.

De hecho, he decidido replicar al artículo de Bru de Sala porque creo que ha elegido mal el blanco de sus críticas. Nadie puede creer que Narcís Serra modula su discurso político para agradar a quienes practican el anticatalanismo. Sería, en todo caso, una tarea vana. A los anticatalanistas Serra les cae mal. He podido comprobarlo personalmente trabajando en Madrid.

En cualquier caso, considero que la trayectoria personal de Narcís Serra debería bastar para eximirle de pasar el examen de catalanista. Desde su participación en la lucha antifranquista hasta la vicepresidencia del Gobierno de Epaña, pasando por el Departamento de Obras Públicas y Medio Ambiente de la Generalitat de Tarradellas, la alcaldía de Barcelona y el Ministerio de Defensa, su labor ha estado presidida por un ideal de servicio al país. Y cero que ha servido mucho a Cataluña desde todas y cada una de esas responsabilidades. Como lo seguirá haciendo desde la primera secretaría del PSC.

Pero, desde luego, Serra nunca ha sido pujolista. Aunque compartiendo con Jordi Pujol ese ideal de servicio al país, habiendo colaborado lealmente con él desde sus responsabilidades institucionales, nunca ha compartido sus ideas políticas, aun respetándolas siempre.

Lo que discuto es que sean las ideas políticas de Jordi Pujol, su estrategia o sus vaivenes tácticos, los que puedan definir el grado de fervor patriótico de todos los catalanes; es decir, que sean nuestro termómetro colectivo.

Según Bru de Sala, para servir a Cataluña o bien se debe gobernar la Generalitat, o se debe exigir a España más que a ningún otro, o se debe obtener el máximo beneficio en términos monetarios o de competencias.

Definido así el servicio al país, es indiscutible que algo habrá servido Narcís Serra ya que estuvo en el Gobierno de Cataluña, contribuyó al engrandecimiento presupuestario y de competencias de la Generalitat e impulsó las inversiones públicas en Cataluña, desde la apuesta olímpica a los sucesivos Presupuestos presentados por el Gobierno del PSOE. Por dar un dato, en el período 1983-1993, el Presupuesto de la Generalitat se multiplicó por seis.

Pero no siendo eso al parecer suficiente, debe de faltarle un último requisito: seguir el paso que marca Pujol, aunque el fin de camino no sea conocido.

Pero eso es pedir mucho a quien no comparte el proyecto político de Puyol. De hecho, Narcís Serra y el PSC han discrepado a menudo de Pujol y de otros nacionalistas. En torno al restablecimiento de la Generalitat y al retorno del presidente exiliado. En torno a si la Generalitat podría ser o no una gran Diputación tipo Consejo General de Cataluña. En torno al éxito de la operación reformista. En torno al federalismo. O en torno a la negociación sobre financiación autonómica.

Es en este último terreno en el que se dirimen recientemente algunas de nuestras diferencias. Muchos, de entre ellos los que destaca Jordi Pujol, no estuvieron de acuerdo en reclamar el concierto económico para Cataluña, ni en 1980, ni hace unas semanas en votación en el Parlament de Catalunya. Se aceptaba así el régimen de financiación común, regulado por la LOFCA. Y fuimos precisamente los socialistas catalanes quienes propusimos avanzar en la vía de la corresponsabilidad fiscal, que, si bien no fue aceptada inicialmente por Convergència i Unió (CiU), ha sido asumida más tarde por todos, aunque con diferencias con respecto a su aplicación. Fuimos también los socialistas de Cataluña quienes advertimos del riesgo que suponía entrar la corresponsabilidad fiscal sólo en el IRPF, y hablábamos del IVA y de los impuestos especiales. Nadie nos hacía aso, hasta hace bien poco… También hemos denunciado el peligro que supone para el futuro de nuestro país el enorme déficit de la Generalitat, negado hasta el ridículo por algunos.

Pero no quisiera detenerme en detalles sobre el sistema de financiación autonómica, en consideraciones sobre los topes, la capacidad normativa, los fondos de nivelación, la participación en la Agencia Tributaria del Estado o el esfuerzo conjunto de las administraciones para reducir el déficit público, ya que su discusión desbordaría en mucho el objeto de este artículo.

Sí querría discutir aquí algunos aspectos de la estrategia que está siguiendo Pujol, que son, en opinión de los socialistas de Cataluña, erróneos. Es erróneo confundir los intereses de Cataluña con los intereses de una fuerza política determinada, por mayoritaria que seas; y ése suele ser un juego peligroso practicado a menudo por los nacionalistas. Así, es erróneo manipular los sentimientos en función de intereses políticos; es pernicioso enmascarar el déficit de la Generalitat envolviéndolo en reivindicaciones, por justas que éstas sean. Es erróneo pensar que los problemas de relación entre Cataluña y España se resolverán sólo a partir de acuerdos bilaterales (sean entre CiU y el PP, o entre CiU y el PSOE). Es erróneo renunciar a un acuerdo básico entre las fuerzas políticas catalanas para el desarrollo del autogobierno. Es erróneo pretender aprovecharse de la debilidad, la incompetencia y el oportunismo de la derecha española, para obtener beneficios a corto plazo. Y no creo que denunciar estos errores sea practicar el anticatalanismo. Más bien creo lo contrario. Denunciar estos errores es profundamente patriótico.

Y es ese conjunto de errores lo que a los socialistas catalanes nos separa en estos momentos de Jordi Pujol. Y CiU haría bien si se tomase en serio nuestra opinión. Quizás así se hubiese ahorrado el bochorno de ver cómo obtenía menos que otros en su negociación con el PP, al tiempo que pagaba un gran coste en términos de recelo de otras comunidades autónomas. Quizás así se hubiese ahorrado el brutal recorte de la inversión pública en Cataluña contenido en los presupuestos que ha pactado con el PP. Quizás así se hubiese ahorrado el ver cómo la distinción entre nacionalidades y regiones va desdibujándose a lomos del oportunismo conservador. Quizás nos ahorraría a todos esa carrera sin freno y sin salida, espoleada por los agravios comparativos o, lo que es aún peor, por la mera percepción o suposición de agravios.

La propuesta de Felipe González de buscar acuerdos con todas las fuerzas políticas para fijar las bases de un desarrollo autonómico que sea a la vez equilibrado y respetuoso con los hechos diferenciales, no merece caer en saco roto. Pactar una evolución del Estado de las autonomías en un sentido federal es muy razonable. En ese esfuerzo está y estará el PSC dirigido por Narcís Serra, un partido catalanista, federalista y socialista, pero un partido sin ningún complejo frente al nacionalismo conservador de CiU.

Miquel Iceta
Diputado del PSC en el Congreso