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Contra la resignació

CONTRA LA RESIGNACIÓ

ZERO, n. 120, diciembre 2009

El último país de la Europa occidental en recuperar la democracia es hoy de los cinco primeros del mundo en cuanto a derechos y libertades individuales. Gozamos hoy de más derechos y libertades que nunca, y de entre ellos destaca la plena igualdad de las personas con independencia de su orientación sexual. Pero el gran avance conseguido no puede hacernos olvidar viejos y nuevos problemas. Los propios avances logrados pueden ser engañosos en la medida en que puedan ser utilizados como el argumento definitivo para defender que la discriminación a causa de la orientación sexual de las personas ya ha desaparecido y que el activismo en favor de los derechos ha dejado de tener sentido. Por ello no debemos dejar de denunciar y combatir la homofobia. En efecto, la homofobia tiene hondas raíces entre nosotros. Siguen produciéndose actitudes homofóbicas que, en su manifestación más aguda, conducen a violentas agresiones, y que en la escuela pueden causar un irreparable daño psicológico a los adolescentes. Estas duras realidades deben servir para recordarnos que los cambios legales, a pesar de responder a una demanda ciudadana espoleada por el movimiento GLTB, no son por sí mismos garantía del verdadero cambio cultural necesario para que la amenaza de discriminación desaparezca. No quiero en absoluto minimizar la importancia de los derechos conquistados pero sí me gustaría llamar la atención sobre la necesidad de no bajar la guardia. Recordemos que aún hoy el Tribunal Constitucional debe pronunciarse sobre el recurso del PP contra el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo.

Los sectores ideológicos y religiosos que quieren imponer sus reaccionarias creencias al conjunto de la sociedad no han perdido su capacidad de incidencia política, mediática y cultural. Su apego a un modelo familiar patriarcal y a una sexualidad reducida a la función reproductora sigue siendo una amenaza contra la libertad de quienes pensamos de forma distinta y contra el respeto en el que debe basarse una sociedad de libertades, laica y pluralista. No aceptamos que sus creencias se conviertan en leyes impuestas a todos.

Pero no son la homofobia y la intolerancia religiosa los únicos elementos de riesgo para la sociedad feliz que buscamos. Una sociedad feliz en la que la realización personal de cada cual no encuentre en los demás un obstáculo sino un estímulo, en la que la felicidad de cada uno sea la única garantía de la felicidad de todos. El individualismo extremo, el egoísmo, la insolidaridad, la falta de pluralismo en los medios de comunicación, su sometimiento absoluto a las reglas de la audiencia, la fijación de estereotipos sociales, de falsas normas que encasillan a personas y comportamientos, la mercantilización del ocio, el placer y la cultura, la debilidad del pensamiento crítico, una política resignada ante una economía fuera de control, con la vista puesta en las encuestas más que en los valores son también factores que limitan gravemente nuestras posibilidades de realización personal y colectiva.

No es hora ni de lamentos, ni de nostalgias, ni de autocomplacencia. Conscientes del largo camino recorrido no podemos tomarnos siquiera un respiro. Nuestros enemigos hoy son el desánimo, la apatía, la resignación y el cinismo; nuestro enemigo hoy es el miedo. El miedo al otro, el miedo a los demás, el miedo a nosotros mismos, el miedo al miedo. Nuestros enemigos hoy podemos llegar a ser nosotros mismos si nos convencen de que a partir de ahora cada cual debe resolver de forma individual sus problemas, si comulgamos con las teorías según las cuales la sociedad no existe y sólo existen los individuos. Sólo es vencido aquel que se rinde, quien rehúye el combate, quien abdica de su responsabilidad personal, quien se resigna a contemplar un mundo insatisfactorio desde un cómodo rincón o la autosuficiencia intelectual de quien no quiere reconocerse impotente. Por todo ello es hora de renacer, de cambiar para seguir siendo fieles a un ideal de emancipación, de renovar el compromiso. Es hora también de hacer política, de no dejar que unos pocos la hagan por todos. Es hora de sacudirse la pereza, de recuperar el gusto por el riesgo, de pensar que queda mucho por hacer y que, probablemente, lo que queda por hacer no podrá hacerse sin renunciar a las viejas rutinas. Y no dudo de la posibilidad de disfrutar de algunos momentos como meros espectadores, pero no hay cambios posibles sin arremangarse.