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Un govern manifestament millorable

Un gobierno manifiestamente mejorable
MIQUEL ICETA
ABC, 24.02.11

Pasado ya el ecuador de los 100 días que se suelen conceder a los nuevos gobiernos para valorar su gestión, el gobierno de Artur Mas no parece estar a la altura de las expectativas que generó su elección. Desde luego no es todavía momento de emitir un juicio definitivo, aunque me veo obligado a recordar que a los gobiernos de Pasqual Maragall y José Montilla no se les concedieron ni cinco minutos puesto que desde el primer momento se les negó toda legitimidad.

En cualquier caso 50 días permiten afirmar que el que se había presentado en sociedad como el gobierno de los mejores, aparece más bien como un gobierno manifiestamente mejorable. Se esperaba mucho de quienes habían denostado sin piedad a los anteriores gobiernos, se les suponía un perfecto conocimiento de la administración por ellos creada y que gobernaron en solitario a lo largo de 23 años. Siete años en la oposición podían haber servido para renovar ideas y planteamientos, para preparar un retorno presidido por la eficacia, la claridad de ideas y una dirección clara.

No ha sido así. El gobierno hace gala a menudo de una bisoñez impropia de quienes se presentaban como los detentadores naturales del poder. Pero su llegada ha ido acompañada por el ruido, la descoordinación, el anuncio indiscriminado de recortes a troche y moche y un diagnóstico tan terrorífico como interesado de las finanzas públicas que perjudica el crédito de la institución que gobiernan. Puedo comprender que quieran achacar toda la responsabilidad al gobierno anterior o al gobierno de España, son de escuela escapista; pero no es de recibo que con su actitud perjudiquen la imagen de solvencia de la Generalitat, asusten a los servidores públicos y creen una innecesaria y falsa alarma social.

Con esa actitud pretenden justificar severos recortes a las políticas sociales que irían acompañados de medidas a favor de los sectores más favorecidos como la eliminación del impuesto de sucesiones que sólo afecta ya al 6% de los contribuyentes —mientras se recortan drásticamente los recursos destinados a la escuela pública o se congela el proceso de digitalización de las aulas— o la desgravación de las cuotas a las mutuas sanitarias privadas— mientras se anuncia la congelación de las inversiones y el incremento de las listas de espera en la sanidad pública—.

Tampoco parece que el gobierno autocalificado business-friendly esté acertando mucho en su relación con el mundo empresarial, tratado con indolencia (Yamaha), cuando no acusado de malos modales (Ryanair), cuando no perjudicado directamente al subrayar problemas de viabilidad (Spanair). Y eso cuando no se actúa perjudicando a todo un sector económico, como el caso de la industria automovilística afectada de forma negativa por la enmienda para favorecer a los concesionarios de vehículos presentada por CiU y PP a la Ley de Economía Sostenible.

Alarmismo, descoordinación, recortes sociales, exigencia de sacrificios a muchos mientras se beneficia a unos pocos definen hasta la fecha al gobierno presidido por Artur Mas. Como dijo Joaquim Nadal: «nos enseñó mucho el timón, pero sigue careciendo de rumbo».