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Dialogar, pactar, decidir

Dialogar, pactar, decidir
EL SIGLO, 23.09.13

¿Es posible que a estas alturas aún haya quien piense que nada debe cambiar en las relaciones entre Cataluña y el resto de España? No es el caso de Alfredo Pérez Rubalcaba y sinceramente deseo, por el bien de todos, que no sea el caso del presidente Rajoy. Nadie debería creer que estamos frente a una calentura que se disipará con el tiempo. Ni consolarse con el retroceso experimentado por CiU en 2012, sin ver el correlativo ascenso de ERC y las CUP. Nadie debería olvidar que en todas las legislaturas del Parlament, excepto en la primera, la suma CiU/ERC alcanza la mayoría absoluta. Nadie debería desdeñar las grandes movilizaciones de 2010 tras la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto con el lema “Som una nació. Nosaltres decidim”, de 2012 con el lema “Catalunya, nou Estat d’Europa” y de la reciente Diada. Tampoco debe obviarse el hecho de que muchos de los que no participamos en la “Via catalana cap a la independència” por no compartir su objetivo final, queremos cambios profundos en la relación entre Cataluña y el resto de España. Y recordar que los presidentes Maragall y Montilla llevaban muchos años advirtiendo del riesgo que hoy sería absurdo negar.

Es difícil saber con exactitud cuántos ciudadanos y ciudadanas de Cataluña desean la secesión, mientras su voluntad no sea contrastada en las urnas en una consulta que el Estado, al menos hasta ahora, no está dispuesto a autorizar. Incluso Patxi López, que se opone al derecho a decidir, escribió en enero de este año en una tribuna de opinión publicada en El País: “No es fácil, efectivamente, explicar desde una perspectiva democrática la negación de una vía por medio de la cual una parte de nuestro territorio institucionalmente definida pueda segregarse de él, si lo demanda de forma nítida y reiterada una mayoría muy cualificada de su población. Así lo han razonado en estas páginas personas tan poco sospechosas de veleidades independentistas como el profesor Rubio Llorente o José María Ruiz Soroa”. Y podríamos añadir nombres catalanes tan destacados como los de Francesc de Carreras o Juan-José López Burniol, absolutamente convencidos de que no hay solución que no pase por una consulta.

De lo que no puede caber duda alguna es que la situación actual no puede mantenerse, y que una tensión creciente sólo puede derivar en un conflicto sin remedio que a todos perjudicaría. Como dijo Javier Pérez Royo: “No se puede pedir a los catalanes que tengan una voluntad política distinta de la que tienen”. Y, nos guste o no, hemos constatado ya que muchos catalanes están hartos.

El rechazo del actual statu quo de amplios sectores de la sociedad catalana estalla a partir de la Sentencia de Tribunal Constitucional sobre el Estatuto, que alteró un texto refrendado por los ciudadanos tras haber sido pactado entre las instituciones catalanas y españolas. Si un nuevo pacto debe sustituirlo, dicho acuerdo debe ser también decidido por el voto de los ciudadanos, para no incurrir en un grave déficit de legitimidad.

Creo que nos encontramos ante tres escenarios posibles: o se abre una perspectiva de reforma constitucional federal que permita a una mayoría de catalanes sentirse cómoda en una España plural y diversa, o se ofrece un trato singular a Cataluña que satisfaga a esa mayoría sin necesidad de reformar el Estado autonómico, o un callejón sin salida nos llevará irremisiblemente más pronto que tarde al tan temido un choque de trenes. Las dos primeras opciones requerirían de un refrendo ciudadano y personalmente considero preferible la primera (www.reformafederal.info). Un Estado democrático de carácter plurinacional como España o se organiza de forma federal, o acabará por no ser viable.

Es absurdo pretender prefigurar hoy el resultado de una negociación tan difícil como la que deben emprender ya las instituciones catalanas y españolas. Deberá hablarse del referéndum o consulta (pregunta, condiciones para organizarlo, consecuencias de la decisión ciudadana) y también de los contenidos de un eventual nuevo pacto: reconocimiento de las aspiraciones nacionales catalanas, financiación, infraestructuras, aspectos lingüísticos, culturales y educativos, Senado territorial, participación en las instituciones europeas, garantías de lealtad recíproca, etc. Porque la decisión no debería limitarse a elegir entre romper o quedarnos como estamos. Es hora, pues, de dialogar y pactar, porque pronto ha de llegar también la hora de decidir.