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    El mes de setembre de l'any 1977 començava la meva militància política. Aquesta pàgina recull els articles i intervencions públiques que he anat fent al llarg dels anys.
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Catalanisme, federalisme i via estatutària

CATALANISMO, FEDERALISMO Y VÍA ESTATUTARIA

EL CORREO, 13.12.09

Cataluña es una nación porque los ciudadanos y las ciudadanas de Cataluña queremos autogobernarnos a través de nuestras instituciones. El éxito del catalanismo se mide por el nivel de autogobierno que podamos conseguir en un mundo de interdependencias crecientes y soberanías compartidas, y por la cohesión social que seamos capaces de alcanzar.

El autogobierno permite la defensa de los intereses de todos los catalanes, independientemente de su procedencia y ofrece la posibilidad de desarrollar un proyecto común de país en el que la identidad colectiva se va construyendo día a día como resultado de la dinámica social.

Defender que Cataluña es una nación no nos convierte en nacionalistas. Nosotros no tenemos como objetivo la soberanía o la independencia de Catalunya, ni creemos que el sentimiento de pertenencia nacional sirva para distinguir a las personas, ni para enfrentarlas, ni que la principal contradicción política sea la tan traída y llevada cuestión nacional, ni que la soberanía resuelva por sí sola los problemas sociales de ningún país.

Siempre hemos rechazado la idea de que una nación comporte una identidad nacional homogénea basada en razones étnicas, lingüísticas o culturales. Creemos posible que dos o más naciones pueden convivir en un mismo Estado. Para los nacionalistas una nación sin Estado es una anomalía a corregir tan rápidamente como se pueda. Para los nacionalistas la existencia de dos naciones en un mismo Estado implica necesariamente un conflicto entre soberanías e identidades.

Desde nuestro catalanismo los socialistas defendemos una relación federal entre Cataluña y España, precisamente porque no creemos que Cataluña y España sean realidades separables. Creemos que Cataluña es una nación plural y diversa. Y creemos también que España es una nación de naciones en la que nadie tiene por qué negar o discutir su identidad a otro.

Estamos convencidos de que el federalismo proporciona soluciones para una mejor relación entre Cataluña y el resto de España, entre otras cosas, porque supera el riesgo de confrontación entre identidades y una anacrónica discusión sobre soberanías originarias. Y también porque evita la ruptura de la sociedad catalana en función de la muy diversa identificación nacional de sus ciudadanos, uniendo a los que sólo pueden considerarse españoles si se respeta profundamente su catalanidad con los que no pueden concebir una Cataluña separada del resto de España.

Alguien puede pensar que el federalismo es cosa de ingenuos, pero sigue siendo la mejor alternativa a la confrontación entre nacionalismos, que, al fin y al cabo, no son más que el muro tras el que se esconden quienes tienen miedo a superar las diferencias nacionales, lingüísticas y culturales en una democracia pluralista avanzada. El federalista no tiene miedo al diferente, busca acercarse a él desde el respeto y con la voluntad de construir juntos el futuro.

Y desde esta perspectiva defendemos la vía estatutaria para desarrollar el autogobierno de Cataluña. Nuestro Estatuto es constitucional. Así lo entendió nuestro Parlament al votarlo, así lo entendieron las Cortes Generales al aprobarlo como ley orgánica después de un intenso proceso de negociación y así lo entendieron los ciudadanos de Catalunya que lo votaron en referéndum. Es la primera vez en nuestra historia democrática que una ley refrendada por el pueblo es recurrida al Tribunal Constitucional.

Como ha dicho el president Montilla, el Tribunal Constitucional debe juzgar plenamente constitucional toda norma que pueda tener una lectura acorde con la Carta Magna, evitando erigirse en una nueva Cámara legislativa que, en el caso del Estatuto, alteraría un texto sometido al voto de los ciudadanos y ciudadanas a los que ha de servir. Y recordaba también que la Constitución fue redactada, acordada y votada para unir, y que no debería utilizarse 30 años después para impedir la profundización del autogobierno. Los riesgos de no entenderlo así son enormes y sus consecuencias impredecibles.

Lo más lamentable de todo es que quienes dan hoy lecciones de constitucionalidad son quienes no aceptaban en 1978 el término nacionalidades ni el título VIII de la Constitución, y que quienes denuncian presiones sobre el Alto Tribunal son quienes llevan bloqueando dos años su renovación.

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Cataluña no quiere ser Tokelau

Cataluña no quiere ser Tokelau
El Correo (10/04/06)

El pasado día 30 de marzo, este diario publicaba un artículo de Aitor Esteban. Vaya por delante que a este diputado del PNV le agradezco su magnífico apoyo en la tramitación de la reforma del Estatuto catalán (un agradecimiento que extiendo al viejo partido de mis abuelos paternos). En este ponderado artículo, Aitor Esteban afirmaba enfáticamente que sólo a los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña corresponde decir si el proyecto aprobado por el Congreso de los Diputados constituye una reforma suficiente en el permanente proceso de mejora del autogobierno. Coincido con él. El socialismo catalán intentará, junto a muchos otros, convencer a una mayoría de catalanes y catalanas de que así es, de que estamos frente a una mejora sustancial de nuestro nivel de autogobierno y de nuestra financiación.

Aitor Esteban, al final de su artículo, recogía una polémica que mantuvimos entre varios de los ponentes de la reforma del Estatuto de Cataluña sobre la presencia de nuestra lengua y nuestra cultura en la UNESCO. Decía Aitor que mostré entonces mi disconformidad con la pretensión de adquirir el estatus de Tokelau, mientras él considera que Tokelau, en el plano internacional, le saca a Cataluña “cinco traineras”. Titulaba su artículo con la afirmación “Cataluña no es Tokelau”.

En mi opinión, el tema no es sólo que Cataluña no sea Tokelau, cosa obvia, sino que tampoco quiere serlo. Para quienes no conozcan la cuestión, debo decir que la UNESCO tiene dos tipos de integrantes: los Estados miembros y los miembros asociados. Son miembros asociados los territorios o grupos de territorios que no asuman por sí mismos la responsabilidad de la dirección de sus relaciones exteriores, y que sean admitidos como tales por la Conferencia General de la UNESCO por mayoría de dos tercios. A fecha de hoy gozan de dicho estatus: Antillas neerlandesas, Aruba, Islas Caimán, Islas Vírgenes británicas, Macao y Tokelau.

Lo reitero, desde el respeto a esos territorios, Cataluña no está en esa situación. No es ni una isla ni una colonia o excolonia. No es Tokelau, no quiere ser Tokelau. No sólo por no encontrarnos en la disyuntiva de ser cola de león o cabeza de ratón. Es que nuestra realidad es otra. Tokelau es un minúsculo archipiélago de 12 km2 formado por tres atolones, a los que se llega en barco desde Samoa Occidental (37 horas de trayecto). En Tokelau habitan 1.500 personas que viven de la pesca (hay 6.000 nativos de Tokelau viviendo en Nueva Zelanda). Y aunque no quisiera ser agorero, un informe de las Naciones Unidas asegura que si se mantiene el efecto invernadero y los polos se siguen fundiéndose, en pocas décadas Tokelau quedará completamente sumergido bajo las aguas.

A todo esto, Tokelau es, por cierto, un país que acaba de votar en contra de su autodeterminación (con respecto de Nueva Zelanda) por 59% contra 41%. Como curiosidad hay que decir que el principal ingreso de Tokelau lo proporciona su dominio de Internet (.tk), con un millón y medio de clientes, que son quienes financian los proyectos sociales y educativos de Tokelau.

Podría seguir ilustrando mi argumento refiriéndolo a las Antillas neerlandesas, Aruba, Islas Caimán, Islas Vírgenes británicas y Macao. Cataluña no es ninguno de estos territorios, ni quiere ni puede serlo, no está en una situación que ni siquiera de forma remota puede asemejarse a ellos. Pero volvamos a la UNESCO. En la negociación del Estatut se planteaba una clara disyuntiva a este respecto: o intentar un ingreso directo como miembro asociado o asegurar la presencia en la delegación española en tanto que representantes de una de las lenguas y culturas de España. Quienes no nos planteamos la secesión (es decir, el establecimiento de un Estado propio, libre o asociado), lo tenemos claro: debemos trabajar por alcanzar una presencia singular a través de la representación española.

Lógicamente, quienes no renuncian a un Estado propio prefieren la otra opción. No me gustaría que por apuntar a “lo más” (que a muchos ni siquiera nos parece deseable), dejásemos de obtener lo que es de justicia y dejásemos de empujar a favor de la transformación de un Estado que aún no se reconoce como plurinacional, pero sí como pluricultural y plurilingüístico, lo que requeriría una presencia española “plural” en la UNESCO, que es lo que fervientemente deseo.

Miquel Iceta Llorens